María Negroni

Alejandra Pizarnik y el castillo de la escritura

En Le lait de la mort, una de sus Nouvelles Orientales (1963), Marguerite Yourcenar recuerda una leyenda albanesa en la que tres hermanos, que construyen infructuosamente una torre para avizorar a los invasores turcos, comprenden que la torre sólo se tendrá en pie cuando amuren en ella a una mujer. Como los tres están casados, deciden sacrificar a aquella esposa que el azar elija para traerles el alimento al día siguiente. Llega la más joven y vigorosa, y ahí mismo la emparedan, dejando a la vista los senos a pedido de la supliciada para que su hijo recién nacido pueda amamantarse. La leche fluye milagrosamente de esos senos enjaulados y el esqueleto sostiene para siempre, desde el fondo de su nicho, los cimientos de la torre.

El motivo del crimen de una mujer como fundamento (en su doble aceptación de fundación y sostén nutricio) de una construcción se repite en La condesa sangrienta de Valentine Penrose: tal parece, en la Hungría del siglo XVI, era costumbre construir los castillos sobre el cadáver de una joven muerta.

Ese cadáver femenino, en La condesa sangrienta, no sólo sostiene el castillo; estructura y precede a la narración. Está allí antes de que Erzébet Bathory, la exasperada condesa de los Cárpatos, urda su propio collar de víctimas. Ese primer cadáver es ya una resonancia premonitoria y un reflejo de la muerte final de la “reina loca” que vendrá a (en)cerrar, en un círculo siniestro, el desorden magnífico de la novela. Tal vez convenga recordar que Bathory terminará amurada en la torre de su castillo, cuando un tribunal restablezca el orden, condenándola por haber torturado y asesinado a más de 650 muchachas.

Si esas dos muertes (la de la joven-cimiento y la de la condesa-torre) riman entre sí, si pueden verse como instantes de una circularidad exploratoria o como reflejos invertidos en un paradigma vertical donde la base toma el lugar de la altura y viceversa, muy otra es la figura que dibujan los delitos que comete, en el interín, Erzébet. Pizarnik lo dice bien en su propio breviario negro: «Entre dos silencios o dos muertes, hay una desmesura indeciblemente dichosa».

María NegroniMuseo negro, Norma, 1999

Condesa
«Loba» de Santiago Caruso, ilustración no incluída en la edición final del libro La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik publicado por Libros del Zorro Rojo, 2009.Imagen de inicio: «The Countess», Julie Delpy, 2009.

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